Utopía no es una isla // RESEÑA

Algunos vivimos en presente, tenemos un talento innato por sentir lo que pasa aquí y ahora. Saboreamos cada segundo.

Otros vivimos en el pasado en el pasado: conectamos todo lo que nos sucede a algún hecho o persona que nos precedió. Eso, a veces, nos ayuda a entender.

Otros vivimos en el futuro: proyectamos constantemente. Cualquier suceso tiene una consecuencia. Cada momento construye un devenir. La vida es cambio.

No hay que elegir pero los 3 son necesarios.

Cuando miramos al futuro, ¿pensamos en el YO o en el NOSOTROS? ¿Es el NOSOTROS nuestro círculo cercano, nuestra comunidad, región, la humanidad o incluso el planeta?

Layla Martínez nos cuenta, en su libro, que antes de impartir una clase pregunta a los alumnos qué futuro se imaginan y las respuestas casi siempre son bastante pesimistas.

A menudo nos preguntamos por qué nos cuesta mover el culo como sociedad. Es difícil mover el culo si no hay un para qué, si pensamos que no hay alternativa o no hemos dedicado tiempo a imaginarla.

Un change maker necesita ser consciente de todo esto. Algunos agentes de cambio a veces son tratados de idealistas u otros calificativos que se le parecen. Hay que saber responder a esto. No se trata solamente de tener esperanza, se trata de aprender a pensar el futuro.

Ante futuros aparentemente jodidos, Layla nos comparte cómo muchas personas decidieron transformar el mañana.

«el avance de la crisis ecológica nos ha colocado en una situación en la que tenemos que provocar un cambio profundo y radical del sistema en el plazo de una generación, en nuestras vidas, o no podremos garantizar nuestra supervivencia. Ser ferozmente optimistas y a la vez radicalmente pragmáticos es nuestra opción»

«El futuro no está escrito y depende de nosotros.»

Del libro, que recomiendo comprar y leer, comparto algunos destacados:

Sobre el fin de la idea de progreso

La posmodernidad rompe el vínculo entre futuro y progreso que ya había marcado la etapa anterior. El futuro ya no es necesariamente mejor que el pasado.

(…) La sensación de derrota se adueña de todo y se convierte en una profecía autocumplida: sin capacidad de imaginar un horizonte distinto es imposible pasar a la ofensiva y sin ofensiva solo quedan migajas que el neoliberalismo disputa a sangre y fuego borracho de euforia.

(…) Los productos culturales que expresaban esa pérdida de futuro, esa mengua de historicidad que marcaba nuestra forma de experimentar la realidad desde principios de los años ochenta. (…) Daba la sensación que los creadores habían dejado de intentar crear formas culturales innovadoras que se adecuaran a su momento histórico, como habían hecho en la Modernidad. (…) Nunca antes una sociedad había estado tan obsesionada con los artefactos culturales de su pasado inmediato como la nuestra.

(…) La pérdida de la idea de futuro hacía que el pasado pareciese el único lugar seguro. Lo conocido se convertía en un refugio. La retrospección y el pastiche que caracterizaban a la producción cultural de principios del siglo XXI se había naturalizado (…) Las causas, según Mark Fisher, eran dos:

La primera, que tenía que ver con los consumidores, estaba relacionada con una especie de ansia compensatoria con lo familiar y lo conocido. La destrucción de la solidaridad y la seguridad por parte del neoliberalismo habría traído una necesidad de refugiarse en lo que ya se conoce. (…)

La otra causa tenía que ver con el lado de la producción. A pesar de toda la retórica de la novedad y la innovación, el capitalismo neoliberal había privado gradual pero sistemáticamente a los artistas de los recursos necesarios para generar productos culturales nuevos. (…)

Los consumidores tenían demasiado miedo e incertidumbre en el futuro para interesarse por cosas nuevas y los productores estaban demasiado agotados y era demasiado pobres para producirlas.

La oleada distópica

A partir de los 80, la producción cultural que reflexiona sobre el futuro se llena de distopías y narraciones apocalípticas. Novelas, cómics, videojuegos… imaginan un futuro de regímenes dictatoriales, capitalismo salvaje, gobiernos de megacorporaciones, naturaleza devastada y deterioro de la libertad y los derechos. (…) Nadie es capaz de imaginar un futuro mejor.

La intención de algunos intentos alternativos de distopía era alertar sobre los peligros que se avecinaban si no cambiaban las cosas, concienciar sobre los riesgos del capitalismo salvaje o de la deriva autoritaria de las democracias. También servir como catalizadoras de los miedos y las ansiedades colectivas. (…) La ciencia ficción distópica ha sido fundamental para fijar el mantra que repetía incansablemente Tatcher: no hay alternativa. No merece la pena intentarlo, los cambios solo van a peor, el presente es lo mejor que podemos tener.

(…) La oleada distópica se vuelve así conservadora, se encierra en una defensa del estado actual de las cosas y contribuye a la parálisis colectiva. (…) La ciencia ficción distópica contribuía a la creencia de que el futuro iba a ser peor, y esa creencia corría el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida:

Sin nadie que crea que el futuro puede ser mejor, no se pueden articular las luchas que lo harán posible.

Capitaloceno

(…) Jason W. Moore creía que estábamos en una era geológica distinta al Holoceno, pero el término de Antropoceno no acababa de convencerle. No servía para analizar las causas de la crisis ecológica, no ayudaba a identificar a sus responsables y a buscar posibles soluciones. Era necesario un término que fuese a la raíz del problema, que no era otra que el capitalismo. La acumulación ilimitada y el imperativo del beneficio a cualquer precio que estaban en la base del sistema capitalista eran lo que estaba produciendo el cambio climático, la extinción masiva, la deforestación, la acidificación de los mares. (…) era el Capitaloceno.

(…) el término acuñado por Moore tenía una virtud de la que carecía el Antropoceno: evitaba la parálisis colectiva. El discurso del antropoceno servía para describir la magnitud de la crisis ecológica en la que estamos inmersos pero, al situar su causa en el ser humano, contribuía a la sensación de que no podemos hacer nada para evitarla. Si el ser humano es la causa, el planeta solo se salvaría cuando hubiéramos desaparecido. Esto sirvió como sustrato para la aparición de una retórica profundamente reaccionaria que hablaba del ser humano como una plaga o un virus que había colonizado el planeta y del que este iba a librarse tarde o temprano.

(…) Este discurso sobre la nocividad del ser humano tuvo en aquel momento y sigue teniendo ahora como aliado natural las posturas que abogan por el control de la población.

Se habla de sobre superpoblación (…) no se dice nada sobre las enormes diferencias en la huella ecológica individual de unas clases sociales a otras y de unos lugares del planeta a otros. (…) Tampoco se decía nada de la contaminación producida por las grandes multinacionales, ni del impacto de industrias como la automovilística o la cárnica.

(…) La identificación errónea del problema hace que la solución sea también errónea.

No se habla de cambios en los hábitos de consumo, de dejar de comer carne o de eliminar los viajes en avión, tampoco de acabar con un sistema capitalista que había llevado al planeta a una crisis ecológica sin precedentes históricos.

Hasta aquí las maravillas de Layla. Entonces… ¿Cómo ser «ferozmente optimistas» ante este panorama? ¿Pragmáticos para hacer qué? ¿Para quién? ¿Contra (?¿) quién?

Power to change makers.

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